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¿Quo vadis, Hispania?

Fernando Hernández Fradejas
Miembro del Instituto Juan de Mariana


No despegamos. No estamos ¿Qué hacemos? Pues eso. Bodas chillonas, reuniones en gasolineras y ocultamiento de patrimonios vellosos. Parecen escenas extraídas de películas mafiosas. Nada italianas por supuesto. Seguro que ya se ha dado cuenta de que estamos en una nación llamada España. Durante los próximos días vamos a tener que escuchar numerosos cantos de sirena debido a la verbena electoral. Los llantos y tonos superiores de voz no están permitidos; que para eso estamos en una democracia (partitocracia!). Nuestra actual coyuntura económica, social y política de la sociedad española está viviendo un período verdaderamente pobre, característico de una sociedad adormecida por la anestesia del intervencionismo. La división de poderes es un ejemplo notable de cómo la perversión del poder ejecutivo se inmiscuye en el poder judicial. Cuántos más despropósitos tendrán que seguir sufriendo las víctimas del terrorismo. Por ejemplo, las recientes declaraciones del Fiscal Jefe del Tribunal superior de Justicia del País Vasco, el señor Juan Ramón Calparsoro. Reclama a los terroristas “un paso que todos esperamos” y señala a la vez, en un intento de proclamación del fin de ETA, que “la justicia sabrá valorar su postura, será generosa y un simple perdón bastará para reconfortar las pérdidas y el daño causado a todo el país”. Hacía bastante tiempo que el derecho material (en su sentido originario, con mayúsculas!) no se manifestaba en su nivel más bajo. Esta es una característica muy común del ser humano, el deseo de querer actuar ad hoc en cualquier circunstancia y lugar. A saber, el pecado original del hombre de creerse omnisciente, omnipotente, Dios. Pero sobre todo, no hay que perder la esperanza. Las ideas de la libertad dan sus frutos a largo plazo siempre. Un tema está claro; no hay libertad sin responsabilidad. Vaya, que cada persona asuma el coste de sus acciones. Resulta dantesco que bachilleres públicos sean ministros con afición a citarse con empresarios en gasolineras; tanto como aquellos que ocultan su patrimonio con el mismo tratamiento para el cuidado de su calva cabellera. Aquí nadie dimite salvo el prójimo. O tampoco.

Nuestra clase política exactamente igual. Menudos figuras. Unos callan, otros otorgan y muchos dispuestos a aplaudir al poder con las orejas. Silenciadores también los hay. Algunos opinadores (así se hacen llamar) creen que no es excesivamente bueno criticar a nuestra clase política. Lacayos del poder. No puedo estar más en desacuerdo. Ciudadanos pasivos puede ser la puntilla a nuestra calamidad intelectual y actual. La percepción de los políticos por parte de la sociedad causa lamentaciones sonoras entre todos nosotros. Una clase política rácana, inculta, sin capacidad de efectuar ningún análisis honesto y riguroso. Por el contrario sí que cabe rebelarse; coger el toro por los cuernos (como diría un castizo). Mucho tiempo ha costado afianzar la formación de nuestras instituciones jurídicas, sociales, culturales y económicas para que se vayan corrompiendo hasta extremos frágiles y peligrosos. También aviso a navegantes, es decir, primero son las personas, después las instituciones. Desesperanzadora es nuestra crisis; en este caso económica. La nación española se está descapitalizando a pasos agigantados con mucha emigración que no inmigración. Seiscientas mil personas, en su mayoría gente cualificada, están saliendo a trompicones a causa de impuestos injustos y regulaciones excesivas. La inflación legislativa es insultante. Más de un millón de páginas redactadas en nuestros boletines oficiales sólo en España; sensiblemente superior al número de páginas de toda la actividad producida por parte de la Comisión Europea entera en un año. No hace más de un lustro crecíamos todavía con tasas de crecimiento económico positivas, reducíamos la deuda pública, teníamos superávit e incluso creábamos empleo. Sin embargo a partir del año 2009 las circunstancias cambiaron opuestamente hacia el camino contrario; crecimiento económico negativo, déficit estructural, masiva destrucción de empleo y un incremento de deuda pública.

El panorama futuro es desolador, sólo que unos ganan sin perder y otros pierden por ganar demasiado. Las diferencias son borrosas entre las esferas públicas y privadas. Sólo dar gracias al profesor Lucas Beltrán. Su famosa ley es implacable y sigue vigente a día de hoy perfectamente: “Se llama sector privado a lo que es controlado por el sector público, se llama sector público a lo que no es controlado por nadie”.